Ecología Política XXI

Hacia un mundo solidario, justo y sostenible

El Otium y la búsqueda de la felicidad pública

A continuación se presenta el artículo “El Otium y la búsqueda de la felicidad pública” escrito por Miguel Yagües Palazón para este blog.

El Otium y la búsqueda de la felicidad pública

I

Siendo conscientes de las múltiples interpretaciones que puede ocasionar el título del presente artículo, desde el primer momento se quiere dejar constancia de la tesis principal: la felicidad pública, esto es, el sentimiento de satisfacción y autorrealización que adquieren los ciudadanos mediante la participación en la vida política, se obtiene con un mayor grado de otium, es decir, de tiempo libre, con el fin de alcanzar los conocimientos teóricos precisos y las reflexiones oportunas.

Si bien la semántica de otium ha derivado hacia visiones peyorativas, en tanto sinónimo de “retiro voluntario de la sociedad”, este texto interpreta este concepto en la tradición griega de la σχολή (skholē), es decir, como el tiempo destinado a pensar, meditar, contemplar, debatir e interrelacionarse con los pares.

Cuenta Hannah Arendt en su obra Sobre la revolución que fueron los hommes de lettres en Francia los impulsores teóricos del movimiento revolucionario en la Europa de finales del siglo XVIII. Esta serie de hombres que no sufrían las cargas de la pobreza se centraron en el estudio de la libertad política en la Grecia clásica y Roma. Dado que se trataba de personas que contaba con las necesidades vitales satisfechas y disponían de un alto grado de libertad privada, sus pretensiones estuvieron dirigidas a que la libertad pública dejara de ser invisible para convertirse en algo tangible y secular. Estos hommes de lettres querían hacerse visibles y alcanzar importancia por medio de la esfera pública. En definitiva, querían trasladar la consideración social a la consideración política.

Paralela a la Revolución Francesa, en el otro lado del Atlántico, la libertad política también representaba una preocupación de primer orden en Norteamérica. No obstante, en Estados Unidos, la libertad política no venía marcada por el “gusto” de unas élites intelectuales, sino por la “experiencia”, pues antes de darse inicio a la Guerra de la Independencia, los colonos se venían reuniendo en asambleas con el fin de negociar y debatir sobre los asuntos públicos norteamericanos. Fueron las reuniones asamblearias las que forjaron la “felicidad pública”: la participación política era interpretada no como una carga, sino como un sentimiento de felicidad entre los miembros implicados, entre otros motivos, por la pasión que les reportaba la distinción social.

En definitiva, las Revoluciones atlánticas tenían como idea primitiva, no conformarse con la “liberación”, esto es, la concesión de una serie de derechos civiles de carácter privado que les garantizase un amplio grado de inviolabilidad individual ante las pretensión gubernamentales y le asegurara la felicidad privada, sino que se pretendía alcanzar la “libertad”, es decir, la facultad política para participar en los asuntos públicos de la nueva república.

Fue en este contexto de libertad pública y privada, cuando Thomas Jefferson acuñó el famoso epígrafe a la Declaración de Independencia de Estados Unidos en la que se instaba a proteger la “Vida, libertad y búsqueda de la felicidad”. En la misma obra de Arendt antes mencionada, la autora señala que la búsqueda de la felicidad desprendía un doble significado: como bienestar privado y como participación de los asuntos públicos. Sin embargo, critica Arendt que la segunda acepción fue progresivamente olvidándose por la sociedad norteamericana con el transcurrir de la llegada masiva de inmigrantes europeos en los siglos XIX y XX que escapaban de la miseria. La escapatoria de la pobreza y la indigencia trajo aparejado la priorización de las necesidades perentorias y el desinterés de los asuntos políticos. Ha sido el American way of life, singularizado por la felicidad material y el individualismo exacerbado el principal causante distorsionador de la fórmula de Jefferson.

En este punto, el objetivo de este trabajo defiende la vuelta a la doble concepción de la búsqueda de la felicidad. Y es que, dado que la ciudadanía actual disfruta de un bienestar social que le permite ambicionar diversos desafíos más allá de los básicos, uno de ellos debería ser la participación política.

II

Si en Estados Unidos la consecución de la libertad resultó exitosa, mientras que en Francia fracasó, fue debido a la “cuestión social”: los movimientos políticos originarios en Francia dirigidos a alcanzar la libertad pública sucumbieron ante la necesidad imperante de resolver la cuestión relativa a la pobreza. En este sentido, se priorizaron las necesidades vitales de los sans-culottes, es decir, el pueblo llano, a causa de la abrumadora miseria que reinaba en Francia a finales del siglo XVIII. Sin embargo, Estados Unidos no sucumbió a la priorización social en detrimento de la libertad política debido a que el territorio estaba constituido por clases acomodadas que le permitía a sus habitantes tener visiones existenciales más allá de la mera supervivencia.

Ante un escenario de enormes desigualdades materiales, como eran la Francia del XVIII o la Rusia del XIX, la única voz discrepante con la autoridad regia podía provenir de las clases intelectuales y acomodadas. La capacidad crítica y analítica en el ser humano solamente se puede conseguir cuando las necesidades vitales están satisfechas. Como se ha comentado en el apartado primero, fue una reducida élite intelectual francesa la que buscó alternativas políticas a la decadencia secular del Absolutismo. No obstante, este hecho no resultaba en absoluto novedosos. Desde la Antigüedad ha sido la certidumbre material la que ha permitido el progreso no sólo tecnológico, sino también político y filosófico: por ejemplo, el primer filósofo occidental, Tales de Mileto provenía de una rica familia de comerciantes, y Platón pertenecía a una de las familias atenienses con mayores riquezas.

La disponibilidad de otium que permitía a las élites privilegiadas perseguir fines progresistas se produjo de manera notoria en la Rusia Imperial del siglo XIX. La intelligentsia, compuesta de una élite intelectual y cultural, si bien en cierto grado apartada de la vida pública rusa como un siglo antes sucedió en Francia, se centró durante gran parte del siglo XIX en la introducción de iniciativas políticas y la mejora en la calidad de vida del mundo rural. Un mundo rural consistente en un campesinado explotado por la aristocracia terrateniente como bien denunciaron numerosos autores como Alexander Radishchev, Anton Chejov, Nikolai Leskov o Ivan Bunin en su obras literarias [1]. La ausencia de tiempo libre en el ámbito rural preocupaba altamente a la intelligentsia, en tanto que entendía que el campesinado, solamente mediante la reflexión y el conocimiento, podría alcanzar mayores cotas de conocimiento que le reportara un mayor grado de libertad privada y permitiera en última instancia desencadenarse de los vínculos del Antiguo Régimen.

En este sentido, son ilustrativas las feroces críticas que Lev Tolstoi, por medio del personaje Konstantin Levin (alter ego del propio Tolstoi) arremete en su novela Anna Karenina (1877) hacia el sistema de los zemstvos. Éstos, eran asambleas locales de autogobierno surgidas a raíz del fin de la servidumbre en la que participaban la aristocracia terrateniente y el resto de la población con un fin negociador. En este contexto se posibilitó el mecanismo político para desarrollar la felicidad pública en el ámbito rural mediante la participación de sus miembros. Sin embargo, Tolstoi criticó los zemstvos entre otros motivos por la poca funcionalidad que representaba una institución que debería de beneficiar a sus miembros por medio de la gestión recaudatoria y la creación de infraestructuras. De esta lectura, se desprende que el sistema del zemstvo, según Tolstoi, no podría prosperar a causa del desnivel de autoridad entre la población terrateniente y el campesinado. Finalmente, los zemstvos han pasado a la historia política rusa sin pena ni gloria cuyo punto final lo marcó la Revolución de Octubre.

En su obra Pasado y pensamientos (1868), el pensador liberal Aleksander Herzen describió los apasionados debates que se celebraban en las mansiones de Moscú y San Petersburgo a mediados del siglo XIX por parte los miembros de la intelligentsia. Temas tales como el retraso en las formas de vida del campesinado ruso respecto al campesinado europeo, la negativa influencia que ejercía la Iglesia ortodoxa en las áreas rurales rusas dificultando la autonomía de los siervos y campesinos o el deficiente y arduo sistema burocrático ruso buscaban ser solucionados por estas élites, que muchas veces resultaban censuradas por las autoridades. Gracias a las aportaciones teóricas de ilustres pensadores tales como Griboyedov, Chaadayev, Chernyshevsky o Belinsky, Rusia pudo robustecer un pensamiento político propio dirigido a la liberación del país. Fue Vissarion Belinsky quien escribió una famosa carta a Nikolai Gogol exhortándole a que rechazara sus postulados basados en el misticismo, el castigo físico y la resignación del pueblo ruso: lo que las clases desfavorecidas rusas necesitaban no era creer ciegamente en Dios y en la ley arbitraria de los consejos rurales, sino en ser educados para superar la superstición y la indiferencia.

Así las cosas, el devenir sociopolítico ruso desembocó en la Revolución de Octubre en 1917. En el contexto revolucionario, Lenin efectuó una novedosa fórmula sobre cómo podría desarrollarse el nuevo Estado socialista: electrificación más soviets. En esta breve fórmula se pretendía alcanzar de manera simultánea la felicidad privada y la felicidad pública de la población rusa. En efecto, se abría la ventana a que un país ajeno a la tradición política occidental pudiera abrazar la participación política. Así las cosas, la intelligentsia dejaría de tener sentido: la élite cultural progresista desaparecería irremediablemente porque las clases pobres dispondrían de los bienes materiales suficientes para alcanzar un espíritu crítico. Por medio de la “electrificación” y la técnica, se conseguiría mejorar las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, se derribaría la explotación, y se dispondría de mayor tiempo libre para el desarrollo personal [2]. Y mediante la constitución de los “soviets” se posibilitaría la entrada ciudadana en la esfera política enriqueciendo el debate político por todos los miembros de la sociedad. Sin embargo, en última instancia, el desenlace soviético fue completamente distinto, y el idealismo asambleario de la primera etapa revolucionaria fue sustituida por un Estado totalitario que no permitió la menor disidencia política. La felicidad pública pereció rápidamente y fue la electrificación el único elemento que se empleó para lograr la felicidad, en este caso privada, de los ciudadanos soviéticos.

III     

Una vez que la cuestión de la pobreza ha sido superada, como ha sido en el caso europeo después de la II Guerra Mundial, la concienciación ciudadana dirigida a la búsqueda de mejores formas de gobierno ha sido patente. En Reflexiones sobre la Revolución húngara, la propia Hannah Arendt aseguraba que el estallido revolucionario húngaro en 1956 fue liderado por los intelectuales y estudiantes que aspiraban a desembarazarse de las políticas impuestas desde Moscú. Se trató de una revolución espontánea que fue recibida por entusiasmo por la ciudadanía. Aunque apenas duró poco más de dos semanas, la Revolución húngara gozó de un alto nivel de acción política: a lo largo del territorio se formaron Consejos de trabajadores improvisados que arrebataron el poder al Partido comunista húngaro y el ansia de participación por parte de los ciudadanos en la decisiones políticas fue muy notable. La felicidad pública en aquella revolución abortada fue clamorosa.

La Revolución húngara puso de manifiesto que las reivindicaciones políticas ciudadanas pueden avivarse en diversos contextos, siendo uno de ellos aquél con una gran tensión interna en la que el gobierno nacional no dispone de plena autonomía para emprender políticas afines a los intereses nacionales.

He aquí que las demandas públicas pueden ser reivindicadas tanto en escenarios de abundancia, como sucedió en Estados Unidos, como en otros sumidos por situaciones límites, donde ni la autonomía privada ni pública están garantizadas.

En la actualidad, España y numerosos Estados europeos se encuentran en una situación intermedia: en general la población dispone de una considerable autonomía privada y bienestar material, lo que propicia que los ciudadanos estén dispuestos a contribuir en la esfera pública. Sin embargo, desde 2008 muchos gobiernos nacionales están abocados a materializar directrices políticas impuestas por instancias superiores, a la par que las clases medias están quedando cada vez más debilitadas como consecuencia de la crisis que azota a la Europa periférica. Esta situación ha desembocado en un retroceso de los estándares de vida traduciéndose en que un grupo cada vez mayor de ciudadanos europeos tengan que priorizar su mera supervivencia.

España y Occidente están sumergidas en estos momentos en un contexto singularizado por la incertidumbre (cuando no de decadencia) económica, política, social, ecológica e incluso algunas voces sugieren que ética. Ha sido precisamente bajo este contexto de incertidumbre y desafección política cuando surgió el movimiento 15-M y que atrajo la atención nacional e internacional en 2011. Un movimiento ciudadano que pretendía la recreación del ágora ateniense mediante el fortalecimiento de la figura clásica de la isêgoria, es decir, la igualdad al derecho de palabra en torno a la Ekklesia, esto es, alrededor de una asamblea popular con capacidad de votación. A partir del 15-M se ha impulsado en España la participación en la vida pública extendiéndose en dos ramas: (1) la rama política, con el nacimiento de nuevos partidos políticos que comparten el mismo espíritu participativo; y (2) la rama social, por medio de organizaciones no gubernamentales, asociaciones ciudadanas y estudiantiles, movimientos sociales y ecologistas, entre otros. Observando este escenario, la simiente política ya está materializada, sólo queda reforzarla.

La objeción a este argumento es que numerosos individuos de la sociedad preferirían continuar siendo herederos de la liberación, no de la libertad. Herederos de un sistema que prime la felicidad individual y privada. Sin embargo, determinados estudios han mostrado que el grado de felicidad individual no guarda correlación con la acumulación de capital a partir de un determinado nivel de riqueza ($15.000 PPA en 2004). En otras palabras, a partir de una cifra dada, un mayor aumento de riqueza no se traduce en un mayor nivel de felicidad.

Es por ello que la felicidad pública, manifestada en una mayor participación en la esfera política (pero también social), aporta cuantiosos beneficios a sus integrantes: desde beneficios individuales tales como la satisfacción, el reconocimiento y la realización personal, hasta otros de carácter grupal como son el sentimiento de pertenencia, la mejora de las virtudes sociales o la confianza interpersonal.

IV

Una vía que pueda resolver la cuestión participativa pública estriba en hallar una fórmula para que la mayor parte de la población alcance un adecuado nivel de otium con el fin de disponer de tiempo para meditar, parlamentar, debatir, disuadir y participar. En definitiva, se trata de extender el otium el cual es disfrutado por algunos sectores como estudiantes o profesionales liberales, a otros grupos sociales.

Precisamente, como el otium es valorado en términos de tiempo, una posibilidad radica en encontrar una mayor redistribución del tiempo. ¿Cómo? Una alternativa sería mediante el reparto del trabajo y la reducción de la jornada laboral. Y es que reduciendo la jornada semanal se alcanzaría un mejor equilibrio entre la economía remunerada y el tiempo destinado a la familia, a los amigos y a la vida de la comunidad. Asimismo, los beneficios sociales que se traducen a raíz de la reducción de la jornada laboral se reflejarían en una disminución de las desigualdades sociales, así como en estilos de vidas más saludables, solidarios, comprometidos y satisfactorios.

En el caso que nos ocupa, el de la participación política ciudadana, se trata de una tarea que requiere mucho tiempo, al igual que otras actividades análogas como el voluntariado. En efecto, aprender sobre cuestiones políticas, conocer los programas electorales y las campañas de los partidos políticos requiere de un ejercicio mental importante que precisa de tiempo. En fechas recientes se está repitiendo un evento político que se viene convirtiendo en una de las tónicas principales de las elecciones, y que no es otro que el da la abstención. Un razonamiento ciudadano para alegar la abstención es la poca atracción o vinculación que se tiene por las ofertas políticas. Sin embargo, también puede ser que la abstención guarde relación con la falta de incentivos a la participación y compromiso dando pie a la formación de un círculo vicioso. Y es que si la gente no se siente incluida la propensión a votar es menor. La solución estaría en que con una menor jornada laboral, el tiempo sería empleado para participar políticamente y en última instancia reforzar los procesos democráticos y el control político.

V

Las jornadas maratonianas propias de la primera etapa industrial, y que impedían a las masas demandar participación política, ha dado paso a jornadas de trabajo que bien organizadas permiten un mayor enriquecimiento personal de las vidas de cada uno y de la vida social en su conjunto.

Con una organización adecuada y óptima del tiempo es posible lograr la conciliación laboral, familiar y comunitaria. Es por ello que debe ser superado el presente estadio de desafección política del actual entramado sociopolítico. Dado que el bienestar material ya ha sido conquistado, se precisa de cauces para alcanzar niveles de participación pública equiparables a los que mantenían los ciudadanos de la democracia ateniense o del sistema asambleario de las colonias norteamericanas prerrevolucionarias.

La crisis actual ha demostrado que el sistema mundial sufre graves fallas y deficiencias. Para acabar con esta crisis y evitar que se vuelva a producir en el futuro es necesario una mayor participación política que haga contrapeso a los intereses de una élite reducida. Una participación proactiva únicamente puede llevarse a cabo si los miembros de la sociedad disponen de suficiente otium, lo cual, en última instancia, no sólo produciría un aumento de la felicidad privada sino, también y sobre todo, pública.


[1] Véase: Viaje de San Petersburgo a Moscú (1790) de Radishchev; Casa con desván (relato de un pintor) (1896) o Los campesinos (1897) de Chejov; o La aldea (1910) de Bunin (premio Nobel en literatura en 1933).

[2] El desarrollo de la electrificación y la técnica incluso llegaron a impactar en las obras literarias de la primera etapa soviética, ocupando estos dos elementos el argumento central de los escritos. Un par de ejemplos lo ofrecen los relatos de Andrei Platonov: Las dudas de Makar y La patria de la electricidad.

Bibliografía

ARENDT, HANNAH (2006). Sobre la revolución. Alianza Editorial. Madrid. 399 pp.

ARENDT, HANNAH (2007). Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental. Encuentro. Madrid. 120 pp.

GADREY, JEAN; MARCELLESI, FLORENT; BARRAGUÉ, BORJA (2010). Adiós al decrecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible. El viejo topo. España. 223 pp.

HERZEN, ALEXANDER (1994). Pasado y pensamientos. Tecnos. Madrid. 424 pp.

NEF (The new economics fundation) (2012). 21 horas. Una propuesta laboral más corta para recuperar en el siglo XXI. Ecopolítica. Barcelona. 119 pp.

TOLSTOI, LEV (2006). Anna Karenina. Cátedra. Madrid. 1000 pp.

* El autor es jurista, criminólogo y politólogo. En la actualidad es investigador en paz, seguridad y defensa. Ha vivido durante dos años en el espacio post-soviético. Es miembro del Club de Lectura.

** El autor quiere agradecer a Luis Esteban Rubio sus valiosas recomendaciones y aportaciones dirigidas a abordar los tres últimos puntos del presente trabajo.

*** La imagen que ilustra este artículo en la página principal del blog es Congress Voting Independence del pintor británico Robert Edge Pine.

**** El contenido del artículo no tiene por qué reflejar los postulados del Club de Lectura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en octubre 16, 2013 por .
A %d blogueros les gusta esto: