Ecología Política XXI

Hacia un mundo solidario, justo y sostenible

“El reformismo radical de la ecología política” por Alain Lipietz

El artículo que reproducimos a continuación, “El reformismo radical de la ecología política” de Alain Lipietz, corresponde a una intervención de dicho autor en la convención de “Europe Écologie Les Verts” (mayo 2010, Arcueil, Île-de-France).

Puedes acceder a la versión original del texto (francés) en: http://www.etopia.be/IMG/pdf/r12_04_Lipietz_A_web.pdf

El texto ha sido traducido al castellano por EcoPolítica. La versión que reproducimos es una revisión de la traducción de EcoPolítica llevada a cabo por Luis Esteban Rubio sirviéndose del texto original en francés.

“El reformismo radical de la ecología política” por Alain Lipietz

El «reformismo radical» (como la «utopía concreta» o cualquier otra propuesta de este tipo) es una de las características más importantes del posicionamiento político de la ecología. ¡Más importante incluso que la cuestión de si somos «de izquierdas», «ni de izquierdas ni de derechas», o «de otra parte»!

Para aquellos y aquellas que venimos de una experiencia progresista previa, como la izquierda socialista o comunista, fue un choque analizar la magnitud transformadora de las propuestas de la ecología política. Más allá de los derechos humanos o de la redistribución de la riqueza, del poder y de la propiedad, la ecología política exige una transformación profunda de la vida material, de la manera misma de producir, de consumir y de compartir la vida en comunidad. En este sentido, aparece como «más radical» (acudiendo más a la raíz de las cosas) que todas las ideologías progresistas previas.

De la palabra «radical» a «revolucionario» sólo hay un paso que se cruza fácilmente cuando se habla de «revolución energética», «revolución de los transportes»… Pero en francés la palabra revolución presenta una connotación, no por sus objetivos (que se relegan a los adjetivos: revolución socialista, revolución democrática…) sino por sus medios, que se opone a «reforma». La revolución es violenta, rápida, no institucional y a veces sangrienta. La reforma es progresiva, pacífica, negociada en un marco institucional delimitado: campañas de prensa, manifestaciones, huelgas, boicot, elecciones, negociaciones contractuales…

Los valores de la ecología política promueven claramente la elección de la reforma si, por esta palabra, se entiende una oposición a la revolución brutal. Afirmamos que la democracia y la no violencia son los medios de solucionar los conflictos, nosotros somos responsables de los costes colaterales de una revolución violenta. Rechazamos la irresponsabilidad bonapartista y leninista del «se avanza, y luego ya se verá», nosotros no eludimos la responsabilidad de lo que pase tras la revolución bajo la excusa de «nosotros no quisimos eso». Predicamos la autonomía de cada uno y no la dictadura de algunos supuestamente iluminados.

La ecología política es pues un «reformismo radical»: ni reformismo de acompañamiento ni esperanza de la Gran Noche. Es lo que recordamos al citar a Paul Eluard: «Otro mundo es posible, pero está en éste». Se avanza en lo real y se transforma.

Pero hay una razón más profunda: no tenemos el mismo concepto del tiempo que los revolucionarios de antes. No creemos que el tiempo «esté a nuestro favor», sino que juega en nuestra contra. Es lo que expresa nuestro amigo Jacques Perreux: «que una revolución socialista se retrase 10 años es, a los ojos de un marxista, muy dañino para los explotados y oprimidos que deben esperar, pero eso no cambia nada sobre el hecho de la transformación hacia el socialismo, incluso el desarrollo de las fuerzas productivas allana más bien las dificultades. Al convertirme en ecologista, me di cuenta de lo contrario: cada día que pasa significa más contaminación y más destrucción irreversible para nuestro ecosistema». Esta observación vale para el efecto invernadero, la degradación de la biodiversidad, la acumulación de contaminantes en el agua y la tierra…¡Pero no olvidemos que también vale para los explotados y oprimidos que deben «esperar» su emancipación!

La radicalidad de una política ecologista se mide pues no sólo por su intensidad, sino también por la fecha en la que se lleva a cabo. Es mejor reducir las emisiones de gases de efecto invernadero un 30% en los 10 próximos años que un 50% a partir de 2030.

Recuerdo haber discutido con viejos amigos «revolucionarios» (de esos que, en el Parlamento Europeo, rechazaron votar la tasa Tobin «para no mejorar el capitalismo financiero globalizado»), sobre el compendio de la participación de Los Verdes en la mayoría plural 1997/2002. Me decían: «no habéis obtenido gran cosa». En lugar de enumerar nuestros resultados reales (35 horas, paridad, Pacto Civil de Solidaridad, parada del Superphénix, del canal Rhin-Rhône, etc…), yo les preguntaba simplemente: «¿Y vosotros?». Me respondían: «¿Nosotros? ¡Pero si se suponía que nosotros no teníamos que obtener nada!». Esta posición, anti-reformismo que ya no cree en la revolución, tiene hoy un nombre: protestataria.

La posición protestataria es absolutamente necesaria para la sociedad. Es la que empuja a los reformistas radicales a acelerar el movimiento, a no dormirse en los laureles con el pretexto de que ya han obtenido algún pequeño resultado. Para ello dispone de una gran ventaja: «la utopía abstracta». Es decir, que si nada es posible en este mundo, otro mundo, diferente, es posible: la República (que era tan bella bajo el Imperio), el socialismo (que era tan bello bajo el capitalismo). Es evidente que tiene gran fuerza el poder dar un nombre, un icono, al mundo nuevo que querríamos. La utopía abstracta estuvo presente desde el comienzo del movimiento obrero, en el siglo XIX, de mano de los socialistas utópicos que, tomando el apocalipsis judeo-cristiano, hablaban de la «Nueva Jerusalén». Existía una relación profunda entre la utopía progresista abstracta y la religión, «el opio del pueblo, grito de la criatura oprimida».

Los revolucionarios reales del siglo XX llegaron para criticar este concepto. Para empezar, no habían conquistado el poder en nombre de la utopía abstracta (el socialismo), sino en nombre de objetivos muy concretos, exigencias salidas de la gran mayoría de personas: «el pan para el obrero, la paz para el soldado, la tierra para los campesinos» durante la revolución de 1917 o la lucha contra la invasión japonesa de Mao Zedong. Tras la revolución del ’17, en un choque con la realidad todavía más violento, Lenin decía al final de su vida: «el capitalismo no es un cadáver que meter en un ataúd y tirar a la mar. Está ahí, se descompone entre nosotros, nos contamina».

Otra crítica al concepto de la utopía abstracta es que a menudo no es más que la inversión imaginaria del mundo real. El movimiento obrero sueña con su Nueva Jerusalén como un mundo de dictadura del proletariado. Por el contrario, las personas que votan o militan en Los Verdes no se definen necesariamente como anti-capitalistas. Quieren cosas que corresponden al interés general de la humanidad (la lucha contra el cambio climático, contra la erosión de la biodiversidad). Y es el propio movimiento de su lucha lo que les lleva a proponer políticas que les alejan de la derecha política y a poner en cuestión la libertad de actuación del capitalismo.

Por su parte, la ecología política no puede proponer ningún ideal hecho realidad, ninguna utopía abstracta, y esto es una debilidad de cara a su capacidad de movilización: tiene problemas para «hacer soñar». Su fuerza está en proponer acciones concretas que mejoren la calidad de vida y que sean visibles por todos. ¿Podríamos imaginar el equivalente de la «Nueva Jerusalén» para la ecología? ¿«Aquéllo que queremos»? Lo que defendemos es el desarrollo sostenible, el decrecimiento selectivo o solidario, la simplicidad voluntaria…Como se ve, no se trata nunca de un «ideal de resultado» sino de un «ideal de proceso»: ¿hacia dónde vamos y cómo? Nosotros no somos capaces de decir cómo será un mundo más ecologista dentro de 50 años, pero sí podemos saber qué hacer en 2010 para vivir de otra manera. El sueño de una utopía abstracta es reemplazado por la exaltación, a veces idealista o incluso dandista, de un comportamiento heroicamente ecologista: decreciente, responsable…

 

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Esta entrada fue publicada en abril 15, 2014 por .
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